por ENRIQUE SALAS

Los árboles nos ayudan, nos cobijan, nos sanan, nos alimentan, siempre de una manera desinteresada y anónima. Tan acostumbrados estamos a su presencia, que muchas veces pasamos frente a ellos y no nos paramos a observar a estos seres vivos, que tanta sabiduría pueden aportarnos por su conocimiento de las leyes básicas de la naturaleza.

No olvidemos que los árboles sienten. Con un sistema mucho más básico de sensaciones que el humano, pero los árboles durante millones de años han aprendido a percibir el pulso armonioso del tiempo, el equilibrio de los ciclos naturales y dónde se haya la verdadera esencia de la vida en la tierra.

Vamos a analizar en este artículo varios aspectos de los árboles, que son poco conocidos para los no expertos y la aplicación de ese conocimiento a la gestión de las personas y las organizaciones.

PRIMERO PREPARARSE, LUEGO CRECER

En los estadios más tempranos de su juventud el árbol establece primero sus raíces en el terreno, asegura el aporte de agua y componentes inorgánicos y una vez que las raíces han alcanzado la madurez suficiente, la parte aérea comienza a crecer con fuerza. De esta forma, el árbol comienza la casa por los cimientos, y hasta que éstos no ofrecen las suficientes garantías, la parte aérea no recibe las señales necesarias para comenzar a crecer con intensidad.

El aprendizaje es que deberíamos de establecer primero y antes que nada, la solidez de nuestra base; dedicarle el tiempo suficiente a nuestras “raíces humanas”: nuestros valores (personales, profesionales, de la organización), antes de lanzarnos a intentar crecer a toda costa. Establecer unos valores sólidos, nos asegurará nuestro sistema de sostenibilidad personal para el futuro. Nuestros valores, serán la fuente de nutrientes de nuestro equilibrio emocional y anímico y harán que luego sea mucho más fácil el desarrollo y el crecimiento hacía arriba a nivel personal y profesional, ó si nos referimos a una organización, hacía una correcta evolución en los resultados económicos y sociales.

Dedicarle tiempo a consolidar nuestros valores personales, nos asegurará nuestro sistema de sostenibilidad para el futuro

LA ESCALA DEL TIEMPO LO CONDICIONA TODO

Los árboles tienen su propia escala del tiempo. La cual es muy distinta de la que podemos tener los seres humanos. Observando cómo reaccionan los árboles ante las estaciones del año, podemos llegar a la conclusión de que ellos han logrado la clave de acompasar su ritmo de vida al de su entorno: la naturaleza. Si observamos árboles de zonas alejadas de los trópicos, donde las estaciones son más patentes, comprobamos como la vida de los árboles está definitivamente relacionada con los cambios estacionales. La comunión del árbol con el clima y el paso de las estaciones son totales.

La lección que nos dan los árboles en su devenir existencial es que hay que acompasar la vida (el tiempo) a los diferentes acontecimientos del entorno. Los árboles nos enseñan en nuestro mundo de prisas, de esclavitud por lo inmediato, por lo urgente, que hay que hacer pausas, descansos, para realmente centrarse en lo importante.

Conseguir un equilibrio en nuestra relación con el medio, sea éste el medio laboral ó familiar, es esencial para una existencia en armonía con lo que nos rodea. Todo lo que signifique tratar de ir en contra de la escala del tiempo, supone oponerse a la naturaleza misma de las cosas, con las consecuencias que eso puede conllevar.

Acompasar la vida es hacer pausas para centrarse en el equilibrio necesario

LA VIDA EN COMUNIDAD

Los árboles que viven “solitarios” sus copas ocupan la máxima superficie disponible, lo que les lleva un enorme esfuerzo y dificultad. Sin embargo, los árboles que viven en comunidad junto a otros ejemplares tienen que compartir el espacio disponible y si observamos dos árboles cuyos troncos están muy cercanos, sus ramas y hojas parecen mezclarse y comprobaremos como, vistos de lejos, parecen ser un solo árbol. Acercándonos, podremos apreciar que tanto sus ramas, como sus hojas, en ningún momento llegan a mezclarse unas con otras; simplemente han crecido y han ocupado el espacio aéreo respetando a su compañero, trabajando en equipo, optimizando sus estructuras desde la practicidad.

Los árboles tienen un concepto muy claro de lo importante que es vivir en comunidad formando equipo, así como del enorme esfuerzo que supone la vida en solitario. Para los árboles es fundamental conseguir el beneficio común, aceptando el papel que a cada uno le corresponde por su situación natural. Los árboles tratan de dar lo mejor de sí mismos, con el objetivo de que la comunidad, el equipo prospere, ya que del progreso y de la resistencia del equipo se benefician todos.

Cómo los árboles, las personas que se quedan en soledad, deben de contrarrestar a nivel personal, aquello que no puede aportarles el equipo, ya que de lo contrario, la posibilidad de mantenerse y perdurar es más limitada. Igual que los árboles adoptan su morfología a las circunstancias, las personas debemos de desarrollar esa capacidad de cambiar y ser flexibles cada vez que el equipo ó las circunstancias nos lo impongan.

Tratar de dar lo mejor de sí mismo para el beneficio común conlleva estar abierto al cambio

LA COMUNIDAD VALORA A TODOS SUS MIEMBROS

Si pudiéramos sacar a un árbol espigado que se encuentra protegido por otros en el interior de un bosque y lo colocáramos en una zona expuesta al viento, comprobaríamos tristemente cómo éste lo acabaría volcando con facilidad. Cuando se produce la pérdida de un árbol de un cierto tamaño que vive en comunidad y cercano a otros, se puede complicar gravemente la estabilidad de los otros ejemplares adultos, por la función que el ejemplar perdido desarrollaba para todo su entorno.

Actualmente hay organizaciones que de repente cambian radicalmente su estructura sin cambiar su entorno de actuación, considerando que la pérdida de ciertos individuos no se va a notar ni va a causar efecto en el ecosistema organizativo. Esto es negarse a ver una verdad inmutable y es que un sistema en equilibrio y si le quitamos una de sus piezas deja de funcionar igual.

Hay que cuidar mucho a las organizaciones sobre todo, si de repente cambian a un entorno hostil, ó desconocido ó crítico. Situaciones y momentos difíciles en las que se pueden encontrar las personas y el equipo pueden hacer que nos desequilibremos y que hasta lleguemos a “tumbarnos” con facilidad, que podamos perder nuestra base de valores y podamos acabar desarraigados, anulando nuestra capacidad de crecimiento futura y por ende acabar no sobreviviendo.

Cuando un miembro del ecosistema organizativo desaparece, siempre cambia el equilibrio establecido.

PREMURA Y PACIENCIA

Las distintas especies de árboles adoptan estrategias de vida muy diferentes entre sí. Algunas especies como los chopos, tienen prisa por establecerse en el terreno, por crecer rápidamente, incluso pasar por encima de las demás especies y reproducirse de forma masiva. Lamentablemente, estos árboles de vida desenfrenada y dados al exceso, pagan su peaje: al igual que crecen rápido, envejecen rápido y su esperanza de vida para ser un árbol es muy corta. Otras especies, como por ejemplo los robles, tienen una forma de ser más tranquila y pausada. Se establecen en el terreno pacientemente, destinando sus energías a preparar su madera para perdurar en el tiempo.

La naturaleza premia a aquellos que hacen de la paciencia su estilo de desarrollo y de una manera muy clara, castiga aquellos que viven en la prisa permanente y la premura constante. Cuando se crece muy deprisa, suele llevar a un desequilibrio, que supone perderse el lento madurar de las ideas y de las obras, la contemplación del camino recorrido y del que aún queda por recorrer. En la prisa se pierde la capacidad de pararse a pensar y a planificar el resto del camino. Una buena preparación para ese camino a recorrer asegurará el éxito, mientras que la falta de preparación te asegurará el más absoluto fracaso.

Crecer muy deprisa puede conllevar perderse el pensar, planificar y preparar el camino.

CONCLUSIÓN FINAL 
Los árboles, con su fisonomía, las arrugas de su corteza, la delicadeza de sus hojas, al atractivo de sus flores, su flexibilidad ante los embates del viento…todo en ellos refleja su armoniosa historia: millones de años de comunión con la naturaleza.

Observar a estos compañeros vitales en su devenir existencial, pararse a aprender de su sabiduría y comunicar con ellos a través de nuestro tacto y de nuestro cuidado y respeto, es una obligación moral hacia ellos y hacia las generaciones venideras.

Si algún día desaparecieran los árboles de nuestro planeta, ese día, no cabe duda que desaparecería toda la humanidad