La regla de la décima persona se basa en que, si en un grupo de diez personas nueve han llegado a una conclusión de forma unánime, la décima persona debe de estar obligada a asumir que las otras nueve del grupo están equivocadas, aunque en el fondo esté de acuerdo con ellas. Esta décima persona debería hacer todo lo posible para probar que las demás cometen un error, y buscar alternativas a lo planteado por el grupo.

La lógica de defender una tesis contraria a lo que la mayoría del grupo ha acordado, pese a que se esté incluso de acuerdo con ella, hará que podamos estar preparados ante una posible eventualidad o tesis improbable, analizar los escenarios que ni remotamente parecen concebibles y sacar conclusiones para abordar lo impensable. Pensar así, evita que el grupo, si el CEO está pensando en una decisión democrática, cometa los errores que puede causar el pensamiento homogéneo.

Esto no es sólo aplicable a grupos con diez personas. Se puede usar esta regla en grupos más reducidos (tres o cuatro personas), siempre y cuando haya una mayoría que haya llegado a la misma conclusión. Lo importante de la regla, es que haya siempre alguien, una llamémosla “tercera persona”, que ponga en duda lo que los demás han acordado de forma tan inequívoca.

Cuando todo el mundo piensa igual es que no se ha pensado mucho.