La teoría argumentativa, dice que las personas no razonamos con la intención de demostrar algo como cierto, sino que utilizamos argumentos como medio para defender nuestras creencias y opiniones, por muy erradas que puedan ser.
Una vez que tenemos una idea, buscamos argumentos que la defiendan. Buscamos todo aquello que confirma nuestra hipótesis o forma de verlo y, todo aquello que lo desmienta, que amenaza nuestra “lógica”, lo rechazamos o ignoramos.
Sólo pensar en aquello que está en la misma línea de nuestra forma de ver la realidad puede hacer que nos equivoquemos, haciendo que tomemos malas decisiones. De ahí la importancia para un CEO, que haya siempre alguien que actúe como su “Pepito Grillo”.
Cuando discutimos sobre un tema con los demás, si alguien hace de sparring, los sesgos de confirmación de cada uno tienden a un cierto equilibrio.
Cuando nuestra forma de pensar la contrastamos con las de los demás, esto nos puede hacer ver que quizás estamos equivocados, o no, y cambiemos nuestro parecer o al menos abramos un poco más nuestra mente.
El problema, y es aquí lo que se relacionaría con la regla de la décima persona, es que si todos o casi todos piensan de la misma manera se corre el riesgo de que todos, en grupo, cometan los mismos errores. Esto puede deberse a que todos los miembros del equipo proceden de la misma cultura organizativa, tienen valores y experiencias similares, etc. Al contrastar diferentes formas de ver la realidad se generan ideas no tan dogmáticas, lo que puede contribuir a que se llegue a una decisión más segura, considerando todos los puntos de vista.
Hay que evitar que el equipo que trabaja mano a mano con el CEO se relaje, intelectualmente hablando, es decir, que no den por sentado cualquier propuesta y la consideren como la solución definitiva, sin ahondar en posibles y diferentes soluciones por improbables que parezcan.
Al haber alguien que pone en duda la decisión, el CEO puede repensar su propia visión, revisando lo que se había planteado y aceptando la posibilidad de que quizás él no haya considerado todas las opciones.
Cuando se pone en duda una solución, quien la pone en duda debe defender su punto de vista, aunque no lo apoye para sus adentros. Sin embargo, al hacerlo, se obliga a salir de la zona de confort mental, lo que puede dar origen a ideas mucho más imaginativas.